Llegamos a la recta final de las reseñas de Sitges, este año se está alargando más de lo que me gustaría, pero ya queda poco. El film de clausura ha sido La Larga Marcha, nueva adaptación del maestro Stephen King a cargo de Francis Lawrence, veterano director con varios éxitos a sus espaldas, que ya puede sumar uno más, porque en general ha convencido bastante con su último trabajo.
La Larga Marcha nos transporta a un futuro que no parece demasiado lejano, donde se ha instaurado un espectáculo nacional en el que, cada año, cien jóvenes voluntarios deben caminar sin descanso en un concurso en el que solo puede quedar un ganador, si te detienes, mueres. El vencedor podrá pedir cualquier deseo que quiera.
Qué fácil parece hacer una buena película con tan poco, y es que Lawrence apenas abandona la carretera y a los chavales, pero logra mantener el interés construyendo relaciones entre los jóvenes y consiguiendo que se te encoja el corazón cada vez que uno de ellos cae. Buena parte del mérito recae también en el reparto perfectamente elegido, donde cada actor encaja a la perfección en su papel.
La Larga Marcha es un desolador drama sobre la resistencia, la amistad y el sacrificio, que nos conduce inevitablemente a un final tan desgarrador como emotivo, que sabe cerrar de forma convincente este viaje con un final tan triste como emotivo, pero a la vez que reivindicativo y subversivo.

