Tras la estupenda Belle, Mamoru Hosoda firma lo que probablemente sea su película más floja hasta la fecha, una Scarlet que es, de lejos, la cinta de animación visualmente más trabajada y deslumbrante que hemos visto en Sitges este año, pero a nivel de guion se revela como una obra inconexa que no logra desarrollar de manera adecuada su particular visión sobre la venganza, la violencia y el perdón.
Al igual que Belle revisitaba La Bella y la Bestia, Scarlet se presenta como una reinterpretación de Hamlet. La historia arranca en un reino europeo del siglo XVI, donde el rey Amleth es traicionado por su hermano Claudio, que lo acusa precisamente de traición y lo condena a muerte. Scarlet, hija del rey, jura vengarse y pasa su vida de entrenando para lograrlo, pero es envenenada justo antes de poder cumplir su juramento.
Como en otras películas de esta edición, la protagonista va a parar a un mundo de fantasía, aquí llamado Otro Mundo, un espacio entre la vida y la muerte atemporal donde descubre que su tío Claudio también está y donde, por fin, podrá llevar a cabo su venganza. Inicia entonces un viaje a través de desiertos para encontrarlo, topándose con viejos enemigos y aliados inesperados.
Hosoda plantea una base prometedora, y todo el prólogo de inicio es un espectáculo en sí mismo, pero una vez la trama se traslada al Otro Mundo, la película pierde el rumbo. Se mezclan ideas dispares y situaciones que oscilan entre lo absurdo y lo ridículo, como la gratuita escena de baile de Scarlet en la época actual. Mención aparte merece el personaje de Hijiri, un paramédico contemporáneo que actúa como contrapunto de bondad. Resulta tan cargante como aburrido, y su misión de enseñar a Scarlet el camino de la no violencia es bastante cansina.
Demasiados elementos chirrían en este Otro Mundo, desde la inexplicable capacidad de Claudio para reunir a tanta gente a su alrededor, escenas con exageradas multitudes que no aportan nada, hasta una aventura a trompicones que no logra enganchar. Todo el conflicto está contado de una manera superflua que nos lleva a un debate un tanto fútil sobre la venganza y a un drama demasiado moralista y blando, sin matices y sin grises.

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