Crítica: Alois Nebel

Alois Nebel es un solitario hombre tranquilo, parco en palabras, que trabaja en una pequeña estación de ferrocarril en las montañas de Silesian a principios de los 80, justo donde lo hacía su abuelo, repasando cada noche los horarios de los trenes. Entre la niebla, los fantasmas del pasado vienen a remover la apacible vida de Alois, que acabará en un centro psiquiátrico donde entablará amistad con el misterioso hombre que no habla, un mudo recién llegado al que persigue la policía, aunque ellos no se creen que es mudo.

Alois reclamará su puesto en la pequeña estación, pero los de arriba no quieren escucharle y tendrá que esperar a que se decidan, solo en la gran estación donde conocerá a otra gente en una situación parecida a la suya, vagabundos solitarios alejados del tren que intentan sobrevivir al día a día y que lo acogerán como uno de ellos, donde conocerá incluso al que puede ser el amor de su vida. Alois Nebel se llama el film y Alois Nebel es nuestro protagonista.

Basado en la novela gráfica del mismo nombre, Alois Nebel es un film checo de animación rotoscópica en blanco y negro dirigido por el debutante Tomáš Luňák, que nos ofrece una película animada adulta, madura e intimista, el retrato de un pobre hombre incomprendido y a veces tratado como tonto, pero que entiende y comprende mucho mejor a las personas y la vida que el resto de sus camaradas.

Alois y el hombre mudo entablan una relación de amistad sin apenas decirse nada, ellos no necesitan más, se entienden sin tener que hablar. Y es que el film prima la imagen por encima del dialogo, los momentos de paisajes, los momentos de quietud, los sentimientos de nuestro protagonista se reflejan más en su rostro y en sus actos más que en sus palabras, y nosotros le entendemos así, compartiendo en todo momento lo que pasa por su cabeza.

Visualmente impactante y preciosista, de nuevo la técnica de la rotoscopía da excelentes resultados en este aspecto, Alois Nebel es un film de animación serio y reposado, de ritmo tranquilo no apto para ver con prisas, sino para ver con calma y disfrutar de su sutil delicadeza, de su belleza artística y de su sencillez.


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